JOVITA*

Es imposible que jugando con un diminuto dado siempre me resulte el número tres, que además tenga tres hijos, tres pelos saliendo de mi nariz y tres dedos en uno de mis pies, ¡ah! y estamos en el año 3003. Coincidentemente a todo ello nada me resulta más difícil que caminar a mi vieja y enferma edad de 83 años por una infinita pampa sólo por agua. Si Jovita estuviera viva mis días serían gloriosos y valdría casi la pena aquel recorrido; ella fue metafóricamente, la gota que jamás derramaría el vaso, pues se aseguraría siempre que no estuviese del todo lleno, así me calmaba ella. Nunca estuvimos casados ni pretendimos estarlo, nuestra relación era de hormigaz, cuidábamos uno del otro, trabajabamos arduamente para resguardarnos de comida en invierno y de vez en cuando solíamos bailar desnudos dentro de un lago, ella decía que nada la hacía más feliz que flotar en esas silenciosas aguas, y a mí porsupuesto nada me hacía más feliz que verla sonreír.

El día que decidió irse estaba sentada frente a nuestro lago con un floreado y bello vestido, ella bordeaba ya los 73 y jamás la ví más hermosa que ese mágico día, recuerdo que por primera vez la sentí más mía que siempre, no dudé en abrazarla, decirle una vez más: Te amo Jovita nubecita, y besar sus blancas manos. "Jovita nubecita", así me gustaba llamarla. Muchas tardes, primaverales sobretodo, nos acostábamos en el vasto campo alrededor de multicolores flores y observábamos las nubes, dándole múltiples formas y rostros, inventábamos cuentos a partir de ellos e imaginábamos ser sus dueños, pasábamos horas platicando hasta quedar allí dormidos, era impresionante como sus canas contrastaban tan bien con los colores del arcoiris, mientras éste aparecía me era difícil dormir, pues quedaba maravillado al verla tan perfectamente dibujada por los rayos del sol.

Si de algo me arrepiento fue no haberle dado hijos, aunque no lo demostraba sentía que como toda mujer ella deseba realizarse como madre. Me siento culpable, tal vez en otra vida, si no fueramos almas gemelas se los hubiese podido regalar, pero como ya dije antes, nuestra relación no iba más allá que la de una hormiga. Perdóname.

Ahora que no estás, quedé relativamente solo, porque de alguna forma me acompañan mis tres hijos: nostalgia, soledad y cansancio. El dado de los años me augura que en tres días me iré, ¿a dónde?, espero que a tu lado en una nubecita. Esperaré entonces entusiasta el tres de marzo mientras vuelvo a traer agua para mantener vivo nuestro lago Jovita, mi nubecita algodonada. Aguárdame, ya subiré, no quiero parecer un loco que habla con las nubes.

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