Es el maestro de mi hijo, aún recuerdo la primera vez que discutimos sobre él y no fue precisamente sobre sus notas, sino para escoger el lugar de vacaciones familiares, la fiesta de cumpleaños y cosas así. Aunque pecaba de infiel no me importaba, pues mi esposo llevaba siete años fuera del país y posiblemente él tendría también un romance por allá en París con alguna jovencita. Además Gabriel - el maestro, me había mostrado confianza absoluta y sabía que su compañía era sincera. No negaré que Andrés - el padre de mi hijo, siempre cumplió con él, mensualmente enviaba una cantidad razonable de dinero y llamaba tres o cuatro veces al mes para saludarlo y saber de mí obviamente, pero ya los últimos años no hablabamos sobre nosotros y reconozco que muchas veces cancelaba sus llamadas. Me di cuenta que el tiempo distanciados me ayudó a comprender que no lo amo y que contradictoriamente a ello, a veces lo extraño.
Hace dos días Andrés volvió de París con una desbordante alegría entre los brazos esperando a que yo corriera a abrazarlo, pero nó, Gabriel se encargaría de marchitar ese momento apareciéndo detrás mío con mi hijo entre sus manos. Mi error fue no haberle contado nunca a mi esposo sobre el maestro y yo, lo creía innecesario, pensé que Andrés ya no volvería más a Cali, pues me equivoqué.
Tras la aparente perfidia no tuve mejor opción que invitarlo a pasar (después de todo sigue siendo su casa) y mantener el ambiente calmado. No sé si París le devolvió la paciencia porque éste era un Andrés totalmente relajado y sereno; muy distinto al que yo conocí en Lima, necesitaba enlazarme en su pecho y saber si mi cuerpo aún se estremecía con el suyo, pero no sucedió. Lo veía platicar con Gabriel y lo admiraba profundamente.
El motivo primordial de su llegada era despedirse definitivamente de sus hijos y de mí, me contó que regresaría a Jauja(Perú), a pasar los últimos años de su vida al lado de sus padres, si bien es cierto, éstos dañaron inmensamente su infancia, sin embargo Andrés los amaba igual, decía que los rencores envenenan el alma y si no son expulsados a tiempo se acrecientan con los años. Yo lo comprendía, cuidé sus razones y acepté su decisión.
Rara vez compartíamos un beso apasionado en frente de algún curioso, según él no quería que me vean de esa forma por lo tanto no me exponía y los guardaba para cuando el amor nos hacía uno solo. Pero ésta vez algo pasó, me besó sin importarle nada, frente a Gabriel y mi hijo, finalmente sabíamos que yo era eternamente suya y él de igual manera siempre mío. Fue uno de esos besos que recibes sólo una vez en la vida y te dejan en las nubes. Mientras él me estremecía por última vez supe realmente cuánto lo sigo amando y si en algún momento lo olvidé fue por amargura y cruel distancia.
- Me voy, esta vez no volveré...pero siempre me tendrás un diescinueve de cada mes y el beso más hermoso del mundo en tus labios - me dijo con los ojos vidriosos.
Sonreí agradecida. Se marchó.
Mayo 19, 1921
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